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NUEVA ÉPOCA NÚM. 156 FEBRERO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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La madrugada literaria de Vicente Leñero


Edgar Esquivel
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 156| Febrero 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Esquivel, Edgar , "La madrugada literaria de Vicente Leñero" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2017, No. 156 < http://132.247.1.5/articulo.php?art=17633&publicacion=810&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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A finales de la década de 1950 Vicente Leñero Otero (1933-2014) “escribía sin saber, y sin pensar”. En su “madrugada literaria” sus cuentos —aseveró el escritor tapatío— “se le inventaban solos”, siendo dos sucesos los determinantes en aquella iniciación. Uno fue la sugerencia provocadora que Juan José Arreola le hizo: “—¿Sabe qué necesita para volverse escritor, Leñero? [...] —Quitarse el segundo apellido. No se puede ser escritor firmando como Leñero Otero. Es un versito horrible”. El otro sería la publicación en 1959 de su primer libro, La polvareda y otros cuentos, apertura de una multifacética carrera que contenía ya los temas que serían simbólicos en la escritura del autor de Los albañiles.

 

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En 1958, cuando don Vicente apenas rebasaba el cuarto de siglo de edad, y firmaba con los dos apellidos, se animó a participar en un concurso de cuento universitario. El jurado era de lujo: Guadalupe Dueñas, Juan Rulfo, Jesús Arellano, Juan José Arreola y Henrique González Casanova. Y no sólo obtuvo el primer lugar, sino también el segundo. El dinero del premio era un aliciente, pero darse a conocer entre aquellas figuras era su motivación. Años de mucha ansiedad y olvido de consejos al momento de teclear en la máquina de escribir. Leñero no seguía entonces un método, pero pudo preparar con dos días de diferencia esos cuentos laureados, que son radicalmente distintos: en el primero, “La polvareda” —rural, rulfiano—, un padre de familia está harto de todo, de pleitos con la mujer, de los hijos, y un día parece decidido a perderse, a abandonarlo todo; en el segundo, “¿Qué me van a hacer, papá?” —urbano, faulkneriano—, cuatro jóvenes, juniors, roban un carro por puro relajo; uno es lento, el otro acelerado, pero ambos muestran la angustia que rodea la brusca alteración de rutinas y valores; cimbran, o afirman, lo que uno considera como las hondas creencias. Justamente las cuestiones de la fe y el prójimo —el cristianismo sin ambages ni dogmas— fueron para Vicente Leñero no una constante sino un credo personalísimo que inspiró una parte destacada de sus creaciones y trasminó cada acontecer de su existencia. Desde los cuentos primerizos como “Árbol que crece torcido…”, “Tarsicio” o “La primera comunión”, hasta obras como El evangelio de Lucas Gavilán, El garabato o Pueblo rechazado dan cuenta de un escritor católico —“no un católico escritor”— sin precedentes en nuestras letras. A propósito de esa condición vital de Vicente Leñero se publicó el libro Los católicos, integrado por Estela Franco, y que reúne emotivas remembranzas y testimonios de familiares y un grupo diverso de amigos quienes durante 15 años se reunieron continuamente para compartir junto con él las disertaciones, convicciones y dudas en torno al tema de Dios: “Para mí es como la sangre que corre por las venas”, dijo alguna vez.

La vida abre y cierra ciclos de sopetón, sin remedio ni pausa, tiene prisa y no garantiza explicaciones o alivio, menos aun las respuestas que deseamos. Lo ocurrido durante la premiación del famoso concurso, en la Sala Manuel M. Ponce, es ya legendario: el presidente del jurado, González Casanova, informó que se le daría a Leñero la cantidad del primer lugar y el monto del segundo sería repartido entre el tercero y una mención honorífica. Al finalizar el evento, uno de los asistentes —Rubén Salazar Mallén— protestó airadamente por lo que consideró una injusticia y decidió compensar de su propia bolsa al ganador, dándole un cheque al momento. A la postre la amistad de Salazar introdujo a Leñero en el mundillo cultural, donde sería fundamental el trato que comenzó a tener con Arreola y su taller, ya que le brindó el impulso que necesitaba para afrontar los obstáculos previos a la publicación de su primera obra, que “no era un buen libro pero era el primero: el de las ilusiones, el de los entusiasmos, el de las ansias de llegar a ser escritor por encima de todo”.

Editado por Jus, cuarto volumen de la colección Voces Nuevas, el inaugural texto incluyó 22 piezas —cuentos pulidos “a fuerzas de escribir… oyendo y aprendiendo de Arreola”—, siendo los primeros los reconocidos en el mentado certamen. Fue un punto de partida vibrante, pues no hubo, ni entonces ni después, otro derrotero para Vicente Leñero a secas —omitió el apellido Otero en la firma de sus libros— que el de escribir, fuera cuento, novela, crónica, guión o teatro. Las inquietas palabras de la juventud darían paso a una madurez indómita y certera, donde no cesarían las “historias negras o tristes; pequeños relatos cuya crudeza espanta” o emociona, todas preñadas del impulso dramático de lo cotidiano y el talante de intriga a la medida que definieron un estilo único e inimitable en el que Vicente Leñero sólo se dejó llevar: “Ya tenía mucho tiempo de caminar. Un remolino venía rodando por entre los sembrados. Creo que la tierra que se me metió en los ojos fue lo que me hizo llorar. Apreté el paso para largarme de una vez y me dejé tragar para siempre por la polvareda”.


   
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Edgar Esquivel

Ensayista y promotor cultural. Originario de Occidente, ha publicado también en las revistas Este País y Siempre!.  Desarrolló actividades de programación y organización en el Museo...


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