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NUEVA ÉPOCA NÚM. 156 FEBRERO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Buscarse en los libros


Federico Reyes Heroles
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 156| Febrero 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Reyes Heroles, Federico , "Buscarse en los libros" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2017, No. 156 < http://132.247.1.5/articulo.php?publicacion=810&art=17606&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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¿Qué es un libro? ¿De dónde viene el amor por los libros? ¿Qué lleva a una persona a buscar y a buscarse en estos objetos de papel y tinta? En estas y otras cuestiones se detuvo el novelista Federico Reyes Heroles, autor de Ante los ojos de Desirée, al momento de agradecer el Homenaje al Bibliófilo otorgado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.

 

Imaginemos a un navegante sin brújula, sin sextante, debajo de un cielo encapotado, sin posibilidad de mirar alguna constelación, a las Osas, a la estrella Polar o a Orión. Cómo establecer un rumbo si se desconoce la propia ubicación. Una angustia muy justificada lo invade. No navega, simplemente flota. En sentido estricto está a la deriva, esa triste condición en la cual de nada sirve el raciocinio y la voluntad es esclava, está atada al grillete del azar.

Nuestro navegante imaginario pierde los referentes de los puntos cardinales, no hay Norte ni Sur, no hay amanecer ni ocaso. Así me imagino una vida sin libros: sería tanto como flotar sin asideros éticos, humanos, vitales, históricos, estéticos, emocionales. Rousseau afirmó que un hombre que habla se divierte, mientras que uno que escribe intenta razonar. El negro sobre blanco o ahora la pantalla vacía encierran un reto de eslabonamiento racional. Quien vocifera se refugia en la posibilidad de que lo dicho se desvanezca. Quien asienta una línea, como escribiera Elias Canetti, aunque no lo admita, pretende trascendencia, busca compartir certidumbres o dudas. Igual de útil lo uno que lo otro.

El poder de una línea escapa a cualquier prisión. Puede ser un poema: “Un sauce de cristal, un chopo de agua…”; no necesitamos más para recordar esa versión fluida, líquida de la mujer, del amor, de la existencia. También puede ser un aforismo, “Actuar siempre como si nos vieran”, escribió Baltasar Gracián.

 

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Federico Reyes Heroles recibe reconocimiento al bibliófilo
© Ameyalli Díaz

 

Un solitario título provoca: Rayuela. O un nombre: Shakespeare o Victor Hugo. Un apodo, Gabo. Un apellido, Kundera o Cervantes. Pero dónde están esos libros, ahora no los miro y, sin embargo, están aquí, conmigo, en este preciso instante y me ubican en la vida. Son mi GPS personal. Me traen recuerdos, es cierto; uno viaja por la vida con ellos, son el bagaje que uno desea llevar. Por supuesto, también viajamos con las tristezas, la mayoría de las veces involuntarias. No así las lecturas de una vida que son la construcción de una razón de ser. Hay lecturas que son cimientos, hay otras que son decoración. Para todo hay su momento. Lo bailado nadie te lo quita. Tampoco lo leído.

Pero entonces, qué son los libros. Son acaso objetos. Sí, también lo son: hoy, aquí en la FIL, estamos rodeados de ellos. Y los objetos pueden ser sugerentes, intrigantes, divertidos, bellos y andan por allí en busca de lectores que son los que en realidad les dan vida. Las líneas, el objeto en que ellas se plasman, viven dentro de los seres humanos. Pronunciar El principito provoca chispas en los ojos y quizás una sonrisa intrigante. ¿Qué son los libros?

Son nuestra cúpula celeste, nuestras constelaciones, son nuestro sextante, nuestra brújula para definir la ruta de navegación en eso que llamamos vida. No queremos flotar, queremos existir, esa embrujante palabra que atrapó las mentes de Hegel, de Heidegger, de Husserl, de Sartre y de muchos más. Con todas sus diferencias, creo que ellos aceptarían la analogía: existir es navegar con rumbo, imprimir un sentido a nuestra vida, intentar, por lo menos, mantenerlo y buscar así un buen puerto. Pero entonces, poseer un libro, el objeto mismo, puede ser un mero capricho. Lo importante ocurre en la conciencia. En ella los libros son mojoneras que nos indican los límites, pero también los alcances de nuestras acciones, de nuestras ideas. ¿Cómo pretender ir lejos si se ignora lo que es la distancia misma?

Los libros sólo existen a plenitud en nuestra conciencia; es ahí, en ese abstracto, donde cobran vida y le dan sentido a ella. Pero, ¿y qué de los objetos? Así como ocurre en la relojería, entre los coleccionistas de relojes o en los museos del reloj, así como hay una pasión por ese instrumento, siempre perfectible, que nos ayuda a medir el tiempo, que nos lleva a la ilusión de creer que de verdad lo hemos atrapado en definitiva, así los libros nos muestran la evolución de nuestras ideas, de nuestras necesarias imaginerías que van de Don Quijote a Harry Potter. Poseer los objetos llamados libros, sin haberse apropiado de las ideas, de los personajes, de las emociones que encierran, es como guardar un sextante o una brújula y no saber para qué sirven. Claro, ante la acumulación de libros, siempre estará la muy racional fuga de la tranquilizante expresión de don Alfonso Reyes: una biblioteca es un proyecto de lectura. La acumulación de libros no conforma, por sí misma, una biblioteca. Allí está el quid del asunto: detrás de los estantes debe haber un proyecto de vida, o la búsqueda del mismo.

Quien guarda libros puede también perseguir ideas, su historia, la historia de la libertad, por ejemplo. Dependendiendo de qué tan obsesiva sea la persona, sabrá qué espacios deberá llenar: para la libertad como mínimo desde los presocráticos a Isaiah Berlin pasando por Aristóteles. Lo mismo con el Estado: tener el reloj diseñado por Bodino y poderlo comparar con Hobbes tiene un sentido en la historia de la relojería del pensamiento humano. Se trata de formar museos de instrumentos, de herramientas, de formas de entendimiento y también un museo de las emociones, de las creencias de la estética, de la creación misma. Esos museos necesitan custodios, eso y nada más es quien posee una biblioteca, un simple custodio. Pero toda custodia supone una responsabilidad. La trascendencia del custodio es lo de menos, lo que realmente importa es la trascendencia de los libros.

Soy bibliófilo, no coleccionista. Amo a los libros porque creo que tienen una utilidad vital. No me gusta la acumulación, de hecho la detesto. Me apasiona, y quizás obsesiona, la idea de tener ordenadas las herramientas, de poder acudir a ellas sin tropiezos, por ejemplo en el instante en que escribo estas líneas veo el libro de Mathias Goeritz y recuerdo su universo estético, o el de los ecosistemas de México y pienso en la gran responsabilidad que tenemos frente al orbe, o la historia de la ópera de Alan Riding y Leslie Dunton-Downer y me asaltan pasajes de Verdi. Los libros son para usarse; si caen en el pantano del desorden, no sirven para nada.

No sé, difícil saberlo, si el libro impreso vaya a desaparecer; no lo creo y las cifras parecen respaldar mi impresión. Caminar por los pasillos de este gran encuentro alrededor del libro, de esta fiesta que es parte ya del patrimonio de nuestros hábitos culturales, es una inyección de energía, energía para seguir leyendo.

Pero hay algo más; recordando al poeta Luis Rius, no se puede vivir como si la belleza no existiera. Hay libros bellísimos. Las joyas que vienen de tiempo atrás debemos respetarlas, cuidarlas, con sus portadillas, grabados, pastas originales, cuidarlas de la humedad, del calor, pero sobre todo cuidarlas de la peor amenaza, el olvido. Son bellísimos, emocionan, centenarios nos vigilan. Pero soy un convencido de que el pasado del libro no es su mejor momento. Qué hubieran dado Darwin o Humboldt por tener una cámara digital con telefoto para poder atrapar las imágenes de las especies en Galápagos o la belleza de las costas, selvas, vestimentas, cordilleras, ciudades que salieron a su encuentro. Qué hubiera dado Arnold J. Toynbee o cualquier otro gran historiador por poder tener acceso a los grandes archivos a través de la pantalla de su computadora. Lo mejor está por venir.

Me apasiona la idea de la generación de los llamados millenials —yo la llamo generación Uber—, que ha desplazado la intención de poseer por la idea de utilizar. La verdad no creo que haya incompatibilidad entre esa actitud y el amor por los libros; se les puede usar y regresarlos a una biblioteca para que muchos otros aprendan de ellos o simplemente los gocen.

Yo no hurto, heredo la bibliofilia. Crecí entre libros a los que se veneraba; a decir de Bernardo Marmolejo los libros son las verdaderas ventanas de un hogar. Pero mi padre era bibliófilo y bibliómano, esa obsesión que ronda a todo bibliófilo: acariciaba los libros, los cachondeaba, como decía él. Pero con el tiempo se fue dando cuenta de que gozaba cuando otros bibliómanos le prestaban libros o él les prestaba los suyos, o sea que la idea del uso por encima de la posesión es vieja.

Escribir demanda recogimiento, silencio, concentración. La lectura es igual. Cuando leo un libro o cuando lo escribo, pienso en las horas de trabajo, sí, pero sobre todo de recogimiento que hay detrás. Allí sí hay una amenaza real. El ruido nos invade, las pantallas nos ahogan, pareciera que todo está diseñado para no leer. Desasosiego lo llamó Pessoa. El libro es el antídoto del desasosiego. Por eso yo lo devoro, lo bebo, lo introduzco por mis venas, porque ese desasosiego ciega, mata al alma. El alma es la fuente del ánimo y la vida sin ánimo no tiene sentido, es sufrimiento.

Mis libros, pocos, muchos, no lo sé ni me interesa, tienen un destino: servir a quien quiera buscar y buscarse.

Yo sólo puedo agradecer, agradecer a los fundadores de este excepcional encuentro con las letras, con el conocimiento, con la estética, con la búsqueda. Lo que han logrado es notable y merece homenaje. ¡Un homenaje a la fil! Agradecer al doctor Sergio López Ruelas, el agudo observador bibliófilo que delató mi pasión. Agradecer la asistencia de ustedes esta tarde. Agradezco y sugiero irnos de inmediato, a recorrer los pasillos, seguro será mucho más productivo.

Gracias.

 

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Texto leído en el Auditorio Juan Rulfo de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el 29 de noviembre de 2016.


   
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Federico Reyes Heroles

Nació en la Ciudad de México en 1955. Narrador, ensayista e investigador. Estudió las carreras de Sociología y Ciencia Política en la UNAM. Ha colaborado en la Secretaría Académica General de la UNAM; como...


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