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NUEVA ÉPOCA NÚM. 156 FEBRERO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Ignacio Padilla
Entre los demonios cervantinos


María Stoopen
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 156| Febrero 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Stoopen, María , "Ignacio Padilla. Entre los demonios cervantinos" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2017, No. 156 < http://132.247.1.5/articulo.php?publicacion=810&art=17607&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Uno de los intereses intelectuales más sólidos y persistentes de Ignacio Padilla, el cuentista mexicano fallecido en agosto pasado, fue la obra del más grande escritor de la lengua española: Miguel de Cervantes Saavedra. María Stoopen analiza el acercamiento crítico y hermenéutico de Padilla al tema en su libro El diablo y Cervantes, publicado en 2006.

 

La producción cervantina de Ignacio Padilla es casi tan febril como la escritura del propio Miguel de Cervantes: ambas se llevan a cabo en un lapso muy corto. Las obras de uno y otro están marcadas por dos fechas fundamentales: las del inicio, 1605 y 2005: la publicación de la Primera parte del Quijote y del primer ensayo de Nacho Padilla sobre la obra narrativa del alcalaíno, El diablo y Cervantes; 1616 y 2016: los años en que mueren el inmenso narrador del Siglo de Oro y su lúcido estudioso habiendo dejado escritas sus últimas obras —el Persiles y Los demonios de Cervantes, respectivamente—, de publicación póstuma. Once años en que Cervantes escribe sus obras más sobresalientes —excepto La Galatea (1585), algunas composiciones poéticas y el primer teatro—. Los títulos publicados en ese intervalo son: El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605), las Novelas ejemplares (1613), El viaje del Parnaso (1614), Ocho comedias y ocho entremeses nunca antes representados (1615), El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615) y Los trabajos de Persiles y Segismunda (1616); y Nacho escribe cinco libros sobre la obra del alcalaíno: los dos ya mencionados, que con Cervantes en los infiernos (2011) completa una trilogía, además de Digestivos cervantinos (2011) y Cervantes & compañía, que llegó a publicar en abril de 2016, el mes en que se conmemoran las efemérides de la muerte de los dos grandes clásicos que Ignacio Padilla conoció tan bien: Cervantes y Shakespeare.

No cabe duda de que los títulos de la trilogía obedecen a un plan de trabajo de largo aliento y acusan una obsesión intelectual, pero también existencial, que se trasluce en los ensayos de Padilla: la presencia del Mal en el quehacer humano, en general, y en la literatura, en particular, con énfasis en la cervantina. Aquí comentaré la primera de sus investigaciones sobre el tema: El diablo y Cervantes, publicada por el FCE.

 

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Ignacio Padilla
© Wikicommons

 

Con una amplia y sólida formación, Ignacio Padilla se mueve con soltura en los territorios del inframundo —el del Hades y el del diablo de la tradición cristiana— y nos advierte a los lectores de estos tiempos de la peligrosa invisibilidad del demonio, ya que la mente humana, hoy, al negarlo, lo hace imperceptible y con ello desconoce el poder devastador del Mal. Sin dejar de lado sus bien afincados conocimientos teológicos, Nacho opta por lo diabólico como figura literaria y, después de un recorrido por varias obras universales, afirma que “Satanás tendría ciudadanía española” (p. 17). Se adentra, entonces, en la obra de Cervantes y descubre en ella un intrincado tejido de signos diabólicos, así como una infatigable búsqueda de la verdad trascendente. Con el fin de ubicar el complejo y hasta contradictorio pensamiento del alcalaíno al respecto, el ensayista mexicano reconstruye con maestría la atmósfera religiosa e intelectual del momento. Dos son los principios que influyen en la diabología de Cervantes: el sostenido por Erasmo de Rotterdam en el sentido de que el diablo es todo aquello que nos aparta del bien, y el postulado por los humanistas neoplatónicos para quienes el principal demonio habita en el corazón humano, por lo que está en nuestras manos hacer del mundo un Infierno o un Paraíso. Sin embargo, Cervantes, más atraído por la literatura que por la teología, se interesa en la potencia estética de las manifestaciones del Maligno y menos en el origen de su poder. No obstante, Cervantes Saavedra acepta la existencia del diablo como representante del Mal. Así, en sus libros Satanás adopta múltiples formas y manifestaciones, las cuales atiende Nacho en su prolijo estudio.

Como adelanté, este ensayo inaugural de Ignacio Padilla es una honda reflexión sobre el Mal y la condición humana. Da cuenta de diferentes épocas históricas y manifestaciones culturales. Su prosa fluida, elegante, en muchos momentos narrativa, se lee con el interés de una novela histórica en la que se describe con maestría la contradictoria atmósfera religiosa y moral de la España de ese momento y, acudiendo a los mejores recursos de la ficción, introduce a Miguel de Cervantes como un hombre interesado e influido por las manifestaciones del Maligno en su siglo, en el pandemonio de causas y efectos de la posesión demoniaca.

Ahora bien, dado que el ensayo de Padilla es asimismo un ejercicio de crítica literaria, se vale del estudio semiótico elaborado por Jean Starobinski sobre el poseso de Gerasa, narrado en el evangelio de Marcos, como método de análisis para los casos de posesión demoniaca en la obra de Cervantes. Los varios personajes cervantinos endemoniados se distribuyen en tres grandes grupos: los enajenados por la melancolía amorosa, otros cuya posesión es sinónimo de locura y los poseídos como fingimiento. Dos demonios infestan a los personajes de Cervantes: el amor, que es locura; los celos, que son infierno. La relación entre estas dos pasiones se convierte en motor de sus obras más notables.

Si bien, de entre la narrativa del alcalaíno, en el ensayo de Padilla predominará el análisis de los endemoniados del Quijote, no dejará de lado a dos que se destacan como antecedente de lo que Cervantes escribirá después: Teolinda, de La Galatea, afectada por la melancolía amorosa, y Orlando, de la pieza teatral La casa de los celos, devastado por ellos. Ya entrado en el Quijote, atiende a tres personajes en los que se conjugan la melancolía amorosa, la locura y la posesión demoniaca; sin embargo, Nacho advierte que esa locura amorosa es fingida y que oculta otra pasión inconfesada. El primero en ser analizado con el filtro semiótico de Starobinski es Cardenio, quien presenta todos los síntomas de la posesión clásica: aislamiento del cuerpo social, animalidad y fragmentación interna, aunque la verdadera pasión que lo consume es su cobardía al no enfrentarse con don Fernando y no saber defender el amor de Luscinda. Don Quijote primero y, más adelante, los demás personajes de Sierra Morena —el cura, el barbero y Dorotea—, al escuchar su padecimiento, actuarán como sus exorcistas.

Grisóstomo, a la cabeza de los locos por amor, al no conseguir el favor de Marcela, llega al extremo de la anulación total de sí mismo, el suicidio, el acto de mayor agresión a la mujer amada y a sus amigos. Según Padilla, es un personaje herético, que se aleja del catolicismo tridentino, por rechazar el don de la vida otorgado por Dios. Para él no hay exorcismo ni redención posibles. Por su parte, Basilio representa una parodia de los raptos melancólicos motivados por el amor, ya que sólo finge los síntomas. Si bien ama a Quiteria, su comportamiento con el fin de hacerla suya es el de un farsante, un impostor, que engaña a todos los presentes, incluida su amada.

Le llega su turno a Don Quijote, como más adelante le llegará a Sancho Panza. Al igual que los jesuitas y los alumbrados, el caballero manchego es un ejemplo de convivencia de lo divino y lo diabólico. Ni poseso ni émulo de Jesucristo, Don Quijote es “un discípulo defectuoso, inestable y contradictorio del Salvador” (p. 93); de igual manera, su locura es inconsistente, intermitente, así como los signos de su infestación son equívocos, posibles sólo en la ficción. Ahora Padilla se vale de la guía de Hasbrouck para comentar la modalidad quijotesca de posesión demoniaca. En cotejo con la literatura sobre endemoniados, los rasgos característicos son: el surgimiento de una segunda personalidad, el malestar que conduce al hidalgo a marginarse de la sociedad y ser marginado por ella, el comportamiento violento y el terror a lo sagrado. Ahora bien, todo poseso ha cometido una falta previa y la del hidalgo manchego es su exacerbado apetito lector, causante de la atomización de su Yo. Alonso Quijano se vuelve víctima de sí mismo al convertirse en caballero andante y da cabida “al más aterrador de los demonios quijotescos: el de la duda” (p. 98). Las derrotas del caballero son resultado del juego de convertirse en don Quijote; quienes intervienen en dicho juego pueden hacerlo con mayor pericia que él mismo. Su deseo de devolver al mundo a la Edad de Oro se convierte en una gesta engendradora de violencia. El cariño que los lectores tenemos por Don Quijote —dice Nacho— no ha de impedirnos ver que si participa de la posesión es porque su voluntad lo ha permitido, una voluntad en permanente conflicto.

Fiel a las reglas del juego establecidas, Padilla se pregunta ahora por los términos y actores del exorcismo de Don Quijote. Para Hasbrouck el paulatino dominio del hidalgo sobre su locura es muestra de un autoexorcismo. Pero según Padilla, si este fenómeno se produce se debe más al desencanto que va invadiendo el ánimo del caballero. En su caso el exorcismo no es realizado por una autoridad superior que expulse a los demonios, aunque hubo ocasiones en el mundo en que el exorcismo se realizó sin esa intervención. Esta sería la situación de Don Quijote. Son los habitantes de su universo, representantes del orden, quienes lo confrontan con la improcedencia de su mítica gesta. A la larga, el hidalgo se percatará del “engaño diabólico” (p. 102) de lo que él consideró bueno.

La mayor locura de Don Quijote reside en la idea de que es posible transformar la realidad y mejorarla con la fuerza de la espada. Las instituciones del momento pretendieron representar un orden trascendente; la ambigüedad del caballero consiste en ser a la vez su acérrimo crítico como su más esclarecido defensor. En un sentido, actúa como exorcista, representante del orden en contra de las fuerzas del Maligno. Pero al creerse el orden mismo, incurre en el pecado de soberbia. Es, en fin, un exorcista fallido. La realidad acaba por derrotarlo.


   
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María Stoopen

Nació en la Ciudad de México, el 12 de septiembre de 1940. Ensayista, profesora e investigadora. Estudió lengua y literaturas hispánicas en la FFyL de la UNAM, la maestría en desarrollo humano en la UIA y el...


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