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NUEVA ÉPOCA NÚM. 156 FEBRERO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Norman Cantor
La protesta social


Ignacio Carrillo Prieto
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 156| Febrero 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Carrillo Prieto, Ignacio , "Norman Cantor. La protesta social" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2017, No. 156 < http://132.247.1.5/articulo.php?publicacion=810&art=17613&sec=Art%C3%ADculos > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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En tiempos convulsos, es necesaria una reflexión sobre las dinámicas de la protesta social, como esta que realiza el autor de Derechos entre adversidades a partir de las ideas de Norman Cantor.

 

A Domingo Alberto Vital Díaz

 

Norman Cantor, en The Age of Protest. Dissent and Rebellion in the Twentieth Century, sostuvo que la clase protestante por antonomasia, la clase media, requiere de las crisis del sistema, crisis periódicas (hoy el estado habitual de las cosas) para confrontar a las elites dimitentes cleptómanas, incapaces ya de ningún liderazgo, reproducidas por endogamia, plagadas de incurables taras, morales e ideológicas, autistas o esquizofrénicas, suicidas y mortíferas.

Su protesta es normal hasta que llegan los días de revolución, días en que el régimen radicaliza a las clases medias y la elite, “minada por sentimientos de culpa”, acaba por caer. Generalmente el ejército o algún político astuto (aliado de este) llega para establecer una nueva tiranía, como ocurrió con Napoleón, al que Madame de Staël supo descifrar: un innegable espíritu de usurpación y conquista, que dijo Constant, y en el que el honor de Francia finalmente no tenía nada que ver con la ambición desmedida de un brillante matemático.

 

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La protesta no es estéril ni resulta ineficaz y no es preciso insistir que ha logrado avances, a veces espectaculares, como la independencia de Irlanda, la de India, el voto femenino, la erradicación del apartheid, la integración racial de los espacios públicos en Norteamérica, la caída del sovietismo checoslovaco, en donde la desazón de los intelectuales y de la gente de la cultura (Havel era teatrista) jugó un papel decisivo en la precipitación final al abismo y la extinción por implosión del régimen, pues ahí “el arte y la literatura se hicieron portavoces del sentimiento más que del razonamiento”, lo que no deja de ser preocupante y ambiguo para el futuro en el que los dos ingredientes de la modernidad, el relativismo y el irracionalismo, seguirán orientando el camino por recorrer, un largo y sinuoso trayecto minado de obstáculos, de sorpresivas curvas y de derrumbes a uno y otro lado del arcén, a izquierdas y derechas por igual.

Habría que recordar que la protesta militar, la de la tropa, y las reacciones de la oficialidad joven, logró la defenestración de los Romanov y ayudó a los propósitos de Lenin, pues la gran guerra (1914-1918) fue la revelación del rostro del Minotauro, la cara horrorosa del capital en su cruel e implacable lógica ante la que el sindicalismo de entonces dobló dos veces las manos, cuando no se opuso a la conscripción férrea de los trabajadores, montado en la habitual y viciosa patriotería y después, al fracasar su llamamiento a la “huelga general”.

Otra manifestación del papel de los soldados del ejército francés ―que había paladeado la gloria, la gloire de las victorias napoleónicas― fue cuando quedó atrapado en los infames lodos del Marne, reducido a librar una estéril guerra de trincheras, aberración digna de la pobre (lo es siempre por definición) mentalidad de los estados mayores, plagados de viciosos y ambiguos señoritos, en mar y en tierra, tipología recurrente y universal. Retobos y malestares intracastrenses son por regla general silenciados y se pasa sobre ellos rápido como pisando inmundicias que más valdría no mirar. Pero en el caso francés la cosa era inocultable. El honor del lodazar del Somme significaba una agonía interminable. A seis semanas de iniciada la guerra en Francia había perdido 600 mil hombres, digamos 100 mil por semana, cuota estremecedora aunque incapaz de detener a los bravucones regios y palaciegos, indiferentes a todo lo que no fueran sus intereses inmediatos, refractarios a toda solidaridad humana.

Soldado y solidaridad son, como ya se ha visto, términos antagónicos, contrarios y contradictorios, si se me vale esta licencia lógica y todo en aras de una estupidez sucia, el “honor nacional” que para los milicos sólo existe como pretexto para disparar, cobarde licencia para matar, arropados en banderas y cornetas, alamares y condecoraciones pueriles.

La herencia que dejaron los motines fue pesada y amarga. Lo que ocurrió en 1917 en el ejército francés se extendió a toda la sociedad como un cáncer voraz: el rencor y la hostilidad del hombre de la calle hacia los políticos, la falta de fe en el destino nacional, el egoísmo, las indolencias e insolidaridades que abrieron la puerta a la invasión y a la derrota en la siguiente guerra, la de Pétain y De Gaulle, el escenario de Malraux pero también el de Brasillach, de Drieu La Rochelle, de Montherlant, el gran teatro que representaron La trahison des clercs (que ya va por la milésima función ininterrumpida).

Cantor llega a concluir que, “por sí misma, la protesta no es ni buena ni mala, es un medio común y generalmente efectivo de forzar cambios en la sociedad moderna”.

La mayor parte de las transformaciones políticas y sociales importantes habidas en el siglo XX fueron aceleradas cuando no causadas por los movimientos de protesta.

La protesta es un vehículo tanto de izquierda como de derecha. Las virtudes de un movimiento de protesta en particular debieron juzgarse tomando en cuenta quiénes protestan y cuáles son sus objetivos (hoy más que nunca con el protagonismo del neofascismo derechista, del integrismo inviable, añejo y nostálgico, del nacionalismo autista, de la crispación de las elites amenazadas en sus privilegios inmerecidos y su horror vacui cuando miran el abismo abrirse a sus pies para tragárselas completitas).

La protesta sirve para que la gente insatisfecha, frustrada y desarraigada encuentre, al menos de momento, alguna satisfacción. Los movimientos de protesta ofrecen una evasión de la vida diaria, con frecuencia aburrida y rutinaria, propia de la sociedad industrial. El movimiento también proporciona la satisfacción de participar en un afán colectivo de tipo idealista. Incluso los miembros del gobierno y de la universidad opuestos a la protesta se sienten liberados de la rutina y —dice Cantor— experimentan un mayor sentimiento de comunidad en el proceso de contratacar al movimiento protestante. En su momento culminante, la protesta se convierte en una forma de vida (y a veces en un medio de vida). Un seguro de desempleo, en una pensión vitalicia, una sinecura. En México hay tristes ejemplos, encabezados por dos o tres que hicieron de sus tragedias personales un rentable espectáculo, viejos compañeros de la simulación y la connivencia ignaras, mercachifles de sangre, la de sus hijos.


   
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Ignacio Carrillo Prieto

Nació en el D. F. (1947). Licenciado en Derecho por la UNAM (1965-1969) y en Filosofía por la UIA (1965-1968), especializado en Derecho Social por la Université Catholique de Louvain-La Néuvre, Bélgica...


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