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NUEVA ÉPOCA NÚM. 156 FEBRERO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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Aguas aéreas
Un puñado de gigantes


David Huerta
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 156| Febrero 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

Huerta, David , "Aguas aéreas. Un puñado de gigantes" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2017, No. 156 < http://132.247.1.5/articulo.php?publicacion=810&art=17637&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Du temps que la Nature en sa verve puissante
Concevait chaque jour des enfants monstrueux,
J’eusse aimé vivre auprès d’une jeune géante,
Comme aux pieds d’une reine un chat voluptueux.

 

En un par de simpáticas observaciones espigadas de sus obras, Jorge Luis Borges habla de gigantes. En la semblanza “El tintorero enmascarado Hákim de Merv”, fábula sobre un falso profeta de los antiguos árabes, menciona, entre las fuentes del relato, el Manual del gigante, libro cuyo subtítulo es “Libro de precisión y revisión”. A Norman Thomas di Giovanni le confió Borges las aristas de esa diablura: ¿cómo podía ser preciso el manual y al mismo tiempo solicitar o esperar “revisión”? Y la magnitud de ese manual para gigantes, ¿será la de un librillo apenas o un tomazo a tono con las dimensiones de su lector descomunal?

Del título de ese manual anómalo deduje, como puede verse fácilmente, este “puñado de gigantes”. Así como el Manual del gigante, el “puñado de gigantes” de esta “agua aérea” comporta, visto de cerca, una especie de oxímoron: algo no casa muy bien, si uno lo piensa un poco, entre la palabra “puñado” y la palabra “gigantes”. Hay en esa frase cierta inconmensurabilidad, palabra autorreferencial o autodescriptiva como pocas. Cabe imaginar un puño inmenso, cerrado en torno de un haz tremendo de gigantes, enanizados por esas apreturas. No podemos siquiera ver el cuerpo al cual pertenece ese brazo rematado por tal puño sobrehumano.

 

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Adamastor, en el Palacio da Pena, Agueda, Portugal
© João Paulo Coutinho

 

Se conoce ahora la fuente directa de ese relato “infame” de Borges (lo llamo así pues forma parte de la Historia universal de la infamia, probablemente una de las experiencias literarias más tremendas de mi adolescencia); es una fuente realmente insólita, insospechada: el cuento de un joven soldado corso llamado Napoleón Bonaparte; también forman parte de esa trama “intertextual” ciertos párrafos del turbulento Léon Bloy. Con Borges las sorpresas continúan bien entrado el siglo veintiuno, tres décadas después de su muerte. Esa es la primera mención de gigantes de Borges en sus páginas de prosa. La segunda, a continuación.

En el siglo doce, ocurrió el único avistamiento del monstruo llamado Aqueronte, en la ciudad de Cork. El hecho está registrado en la Visio Tundali, o “Visión de Tundal”. Es, se dice, una de las fuentes del mayor poema de Dante Alighieri. El monstruo de Cork fue visto en esa ocasión memorable por un joven caballero irlandés llamado Tundal; la criatura ostenta, como se puede ver, el mismo nombre del río del Infierno. El maestro de Dante, Virgilio, y los poetas Lucano y Ovidio lo recogen en los versos de sus historias. En la Commedia leemos este verso:

Su la trista Riviera d’Acheronte.

Al lado de las imaginaciones poéticas, hay otras tradiciones sobre Aqueronte. En la noticia de donde extraemos estas menudas erudiciones, leemos unas cuantas palabras sobre los destinos de esa presencia fabulosa y de su nombre:

“Una tradición hace de él un titán castigado; otra, de fecha posterior, lo sitúa no lejos del polo austral, bajo las constelaciones de las antípodas. Los etruscos tenían libros fatales que enseñaban la adivinación, y libros aquerónticos que enseñaban los caminos del alma después de la muerte del cuerpo. Con el tiempo, el Aqueronte llega a significar el infierno”.

Para estos renglones, lo importante es el hecho siguiente: Aqueronte es un gigante. He aquí, entonces, la descripción del monstruo, de esta criatura de la fábula y de la poesía de hace un milenio:

“[Aqueronte] es mayor que una montaña. Sus ojos llamean y su boca es tan grande que nueve mil hombres cabrían en ella. Dos réprobos, como dos pilares o atlantes, la mantienen abierta; uno está de pie, otro de cabeza. Tres gargantas conducen al interior; las tres vomitan fuego que no se apaga. Del vientre de la bestia sale la continua lamentación de infinitos réprobos devorados”.

La estampa está hecha, como debe ser, de hipérboles. El trazo es firme en el dibujo atroz; las abstracciones y las comparaciones (“mayor que una montaña”, “réprobos… como pilares o atlantes”) están puestas ahí con un cierto distanciamiento, como si se nos dijera: “Así es, en efecto, el portentoso y temible Aqueronte. Admírenlo”.

Estos pasajes proceden de otro manual: el Manual de zoología fantástica, libro firmado por Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero; la primera edición es mexicana, del Fondo de Cultura Económica y del año 1957.

 

Cuando Vasco da Gama y sus valientes marineros llegaron a la punta sur del continente africano, los recibió un gigante, llamado Adamastor. Esa presencia imponente es la personificación del viejo e infranqueable Cabo de las Tormentas, terror de las singladuras diurnas y especialmente de las nocturnas. Vasco da Gama y su flotilla le dieron la vuelta al temible lugar y abrieron a las navegaciones la puerta marítima del Océano Índico, con todas sus implicaciones para el comercio, la economía, el equilibrio mundial y esa entelequia llamada, en nuestra época, “globalización”. Desde entonces, y para recordar la hazaña de los portugueses, el lugar circunnavegado por Vasco da Gama cambió de nombre, y ahora lo llamamos Cabo de Buena Esperanza.

Todo eso es historia, pero Adamastor es mitología pura. Me vino a la memoria esa figura gigantesca descrita por Luis de Camoens en Los Lusiadas pues he estado leyendo ávidamente el miltoniano Paraíso perdido, y el retrato de otro gigante en el libro primero del poema me lo recordó: la descripción de Satanás en los versos 589 a 606, vista por Edmund Burke como una expresión perfecta de poesía sublime, con el caveat siguiente: allí lo sublime tiene elementos de pavor, de miedo, de temor numinoso ante un poder ultraterreno, amenazante y terrible. Pero allí no termina el asunto de los gigantes en estos meses recientes de lectura.

En las maravillosas Operette morali —rebautizadas acertadamente como Prosas morales por su traductor a nuestro idioma, J. Teixidor—, el genial y atormentado Giacomo Leopardi presenta a otro gigante, aquí una mujer monumental: la Madre Naturaleza. En el diálogo titulado “Diálogo de la Naturaleza y un islandés”, el viajero proveniente de la solitaria y helada isla del Océano Atlántico se encuentra, en sus andanzas africanas, con una presencia formidable, en pleno desierto árido y ardiente. Al principio esa aparición parece más bien una montaña, con una vaga forma humanoide, silenciosa e indiferente. Pero de pronto abre la boca y habla: el silencio concluye de modo impresionante. La indiferencia majestuosa de la Naturaleza va abriéndose paso y aquilatándose lenta y gradualmente en el diálogo hasta volverse una ley cruel, implacable.

Adamastor, Satanás y la Naturaleza forman un conjunto admirable, sobre todo por el genio de quienes los describen y les dan voz. Un enormísimo poeta del siglo dieciséis, otro no menos grande de la centuria siguiente y otro más, no menos genial, del siglo diecinueve: Camoens, Milton, Leopardi, muy diferentes pero unidos en esa galería de gigantes, entre otras cosas. Podría poner aquí, desde luego, por mor de mi gongorismo inveterado, a Polifemo, descendiente poético, muy directo, de Adamastor; dejo esta sola mención. Es conocida la influencia de Camoens en Góngora y el linaje del monstruo de Sicilia, es decir: su relación con el gigante-centinela del Cabo de las Tormentas. En la historia de la poesía, Polifemo es un pariente muy cercano de Adamastor, dentro de las genealogías de los personajes gigantes de la literatura occidental. Tanto el siciliano como el africano aparecen en un ámbito marino, oceánico.

Esos tres gigantes podrían únicamente estar ahí, ser esas prodigiosas presencias organizadas por los poetas. Les bastaría su tremenda inmanencia, su porte sublime, su capacidad de inspirar miedo y fascinación. No les basta nada de eso: deben hablar. Y son, todos y cada uno de ellos, de una elocuencia notable; con excepción de la Naturaleza, cuyo laconismo contrasta con el abundante discurso de su interlocutor, el islandés doliente: pero la inmensa mujer del desierto dice unas cuantas cosas imborrables: su discurso es por lo menos tan digno de memoria como los del movidísimo poema portugués y la epopeya bíblica de John Milton.

Satanás es alto como una torre; es hermoso y altivo. Resplandece su rostro con luz arcangélica y su rostro está cruzado por sombras y fulgores. También le atraviesan las mejillas cicatrices de las heridas hechas por los rayos de Dios. No tengo —nadie tiene— una opinión definida sobre el verdadero protagonista del poema, una discusión de siglos: ¿es Dios, es el príncipe tenebroso, es el Primer Hombre (Adán), es Cristo? Lo cierto es esto: nadie puede resistirse a la fascinación de Satanás en los versos de Milton, quien estaría en completo desacuerdo con esa visión, específicamente romántica, de Satanás como el verdadero héroe del Paraíso perdido. El profesor, ensayista y crítico Mario Murgia lo ha dicho claramente: es imposible imaginarse a Milton con las actitudes mentales de un romántico, pues no lo era en absoluto: pertenecía a otro mundo, el del siglo diecisiete. De esto me he ocupado en otra “agua aérea” a propósito del libro de Murgia sobre estos temas.

El biólogo inglés J. B. S. Haldane escribió un originalísimo ensayo acerca de la “imposibilidad de haber gigantes”. Durante algún tiempo guardé en mis archivos, si así puede llamarse a la manigua de papeles de mis recortes, el ensayito de Haldane publicado en un suplemento literario; luego se esfumó en esos cataclismos periódicos por medio de los cuales tratamos de aligerar, en la casa, el tonelaje de los impresos. Lo recuerdo con gusto y admiración. No hace falta pensar mucho para darse cuenta del desencuentro, aquí, de la ciencia y la imaginación novelesca y poética. Desde luego hay gigantes: mírenlos, escúchenlos, véanlos actuar en las páginas de los libros.

Hay otros gigantes, titanes, cíclopes, criaturas fantásticas de gran tamaño. Los hay de todas clases, desde los de la poesía clásica hasta los archiconocidos de The Lord of the Rings. Un lugar aparte y una reflexión concienzuda merecerían los simpáticos y alucinados gigantes del Quijote. Adamastor, Satanás y la Naturaleza fueron mis gigantes preferidos del año 2016.

De Charles Baudelaire podemos leer, en las páginas de Las flores del mal, un poema titulado “La giganta”. La aparición, mágica y épica, heroica, del enorme y poderoso Hércules al final del cuento “Los caballos de Abdera”, de Leopoldo Lugones, puede agregarse sin disonancia a este modesto desfile de gigantes. Hay muchos otros gigantes en la literatura. Han comparecido aquí unos cuantos, espigados de páginas leídas a lo largo de muchas décadas y en tiempos recientes.


   
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David Huerta

Nació en la Ciudad de México el 8 de octubre de 1949. Poeta, ensayista y traductor. Estudió Filosofía, Letras Inglesas y Españolas en la FFyL de la UNAM. Ha sido redactor y editor de la Enciclopedia de...


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