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NUEVA ÉPOCA NÚM. 156 FEBRERO 2017 ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493 REVISTA MENSUAL
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La espuma de los días
Mesas redondas no, tertulias sí


José de la Colina
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NUEVA ÉPOCA | NÚM 156| Febrero 2017| ISSN EN TRÁMITE CON NÚM. DE FOLIO 493

de la Colina, José , "La espuma de los días. Mesas redondas no, tertulias sí" [En línea]. Revista de la Universidad de México. Nueva época. Febrero 2017, No. 156 < http://132.247.1.5/articulo.php?publicacion=810&art=17641&sec=Columnistas > [Consulta: Fecha en la que se consultó el artículo].

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Escritor, no escaparás. Aunque mil y una veces alegues tu escepticismo y tu tedio y tu abominación acerca de las virtudes culturales, morales, espirituales, estéticas y políticas de las conferencias, las mesas redondas, las presentaciones de libros, etcétera, sábete que mil y una veces el teléfono, o algún medio electrónico, o algún grupo apasionado en la busca de orientación ideológica o siquiera vocacional, seguirán solicitando tu participación en los llamados “eventos” culturales. (Y será inútil que, antes de negarte, realices, por lo menos, el acto cultural de informar a los solicitadores que si un “evento” ha sido planeado, programado y anunciado, nada tienen de eventuales).

 

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José la Colina (al centro) y distinguidos contertulios
© Cortesía del autor

 

El auge de las mesas redondas es una endemia tejida de epidemias culturales. Hay mesas redondas sobre la modernidad, sobre la posmodernidad, sobre la inmodernidad, sobre la deuda interna y la deuda externa y la deuda eterna, sobre la vigencia o la muerte de la novela, sobre la vigencia o la muerte del libro en la época del tecleo electrónico, sobre la interrogante de si a la inspiración le va mejor el soneto correcto o el soneto con estrambote, o, “a nivel” de la mera difusión cultural, sobre la subsistencia o la desaparición de los suplementos culturales y, de paso, sobre la necesidad de denunciar a las mafias literarias y sus mafiotas y mafículas, etcétera, etcétera. Y es de temer la llegada del día en el cual, tal vez a partir de esto que escribes, te telefonearán para invitarte o conminarte a participar en una mesa redonda sobre la inutilidad de las mesas redondas.

“La mesa redonda —dice totalitariamente un diccionario enciclopédico— ha de tener cuatro fases: la presentación o introducción, el cuerpo de la discusión, la sesión de preguntas y respuestas y la conclusión”.

Pero la mayoría de las veces la mesa redonda ni siquiera hace honor a su género, pues no consiste en una puesta en circulación de ideas acerca de un asunto determinado, sino, cuando mucho, de opiniones de opinadores profesionales o amateurs, gente que habla no con palabras sino con frases y hace de la reunión un conjunto de tres o cuatro o cinco o más conferencias individuales y rara vez coincidentes, leídas en una muy académica voz monótona, pues cada dizque “mesarredondero” va prevenido y lleva doctas cuartillas. Algunos de esos leedores, que no lectores, tienen piedad del público (al que llaman auditorio), pero la mayoría suele adormecer al dizque respetable público con una veintena de cuartillas de cuarenta líneas y setenta teclazos en anverso y reverso de cada hoja.

Como la permanente explosión demográfica, y el aumento del esmog, y la ingente invasión del ambulantaje (o sea el comercio en la calle, pero no ambulante, pues suele ser de puestos fijos), la frecuencia de las mesas redondas es una de las causas de la crisis general del país, y, en particular, de la decadencia cultural y espiritual de su ciudad capital. Hace años, en Vuelta de julio de 1992, Gabriel Zaid ya se atrevía a decir que las conferencias, y, añado yo, las mesas redondas, existen para hacer los intercambios de prestigio, y “en términos de eficacia cultural, son nada frente a la lectura o la tertulia”.

¿La tertulia? Ni Zaid, tan serio, ni yo, a veces casi serio, tratamos en broma el asunto. La tertulia tiene, bajo otros nombres, pero según indudables testimonios, sus orígenes históricos y nobles, y sus defensores. El ilustrísimo pensador don Miguel de Unamuno la consideraba algo así como una universidad libre esparcida en las mesas de los cafés, y habría que hablar de las de Jesús y “discípulos”, las de los Caballeros de la Mesa Redonda, la de la Reunión de los Tres Grandes, quienes eligieron Casablanca para su tertulia, tal vez porque allí estaba el bar de Rick, es decir, del apodado Humphrey Bogart (véase la película Casablanca).

Lo ideal, entonces, sería la proliferación irresponsable, “salvaje”, de las tertulias entendidas como guerrillas espirituales contra la culturocracia basada en conferencias, mesas redondas y otros no eventuales “eventos”. El proyecto no es fácil, más bien es casi heroico, pues sufrimos ciudades cada vez menos convivenciales, pero, sobre todo, porque la formación de una tertulia suele ser un hecho misterioso, cuyos orígenes, motivos, mecánica, estilos, etcétera, no están favorecidos por una teoría científica ni una mínima explicación racional. Y así como el pintor Whistler dijo: Art happens, todo cuanto podría yo decir es:

LA TERTULIA OCURRE.


   
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José de la Colina

Nació en Santander, España, el 29 de marzo de 1934. Ensayista, narrador y periodista cultural. Tras el término de la guerra civil pasó con su familia a Francia, Bélgica, Santo Domingo, Cuba y finalmente a...


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